Es hora de hacer frente a la arrolladora injusticia de las pérdidas y los daños

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Un mes después de que el ciclón Pam azotara Tuvalu en 2015, la plaza principal de la isla Nui aún estaba bajo el agua. Foto: Silke von Brockhausen/PNUD
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Un mes después de que el ciclón Pam azotara Tuvalu en 2015, la plaza principal de la isla Nui aún estaba bajo el agua. Foto: Silke von Brockhausen/PNUD
Un mes después de que el ciclón Pam azotara Tuvalu en 2015, la plaza principal de la isla Nui aún estaba bajo el agua. Foto: Silke von Brockhausen/PNUD

Los fenómenos climáticos extremos han provocado la muerte de al menos 2 millones de personas y daños económicos por USD 4,3 billones en los últimos 50 años. Los arrecifes de coral vivos se redujeron casi a la mitad en los últimos 150 años, y el creciente aumento de la temperatura amenaza con destruir los demás arrecifes que quedan. Se prevé que, para 2050, más de 1.000 millones de personas en todo el mundo estarán expuestas a peligros climáticos específicamente relacionados con las zonas costeras, lo que probablemente forzará a muchas personas a abandonar sus hogares.

El cambio climático está llevándose vidas por delante, está perjudicando la salud de las personas, está destruyendo hogares, infraestructura y ecosistemas, está forzando a comunidades a desplazarse y está poniendo en peligro los medios de subsistencia de muchos. Naciones y culturas enteras están desapareciendo. En un futuro cercano, Indonesia reemplazará su capital, Yakarta, la ciudad que se hunde más rápidamente en el mundo, por una ciudad que ni siquiera existe todavía.

Aunque una gran parte de la acción climática se centra en formas de adaptarse, de paliar los riesgos y de desarrollar más resiliencia ante estos efectos, hay límites en lo que se puede hacer para evitar estas pérdidas. Muchos países atraviesan fenómenos repentinos consecutivos, como inundaciones sin precedentes, en paralelo a fenómenos de evolución lenta que los empeoran, como el aumento del nivel del mar.

Es entonces cuando entra en acción el concepto de “pérdidas y daños”. Hace decenios que comunidades de primera línea usan este concepto, que se popularizó hace poco y hace referencia al daño causado por los efectos irreversibles del cambio climático que ocurren pese a los esfuerzos de mitigación y de adaptación, o en ausencia de ellos.

Un informe reciente del IPCC hace hincapié en los efectos adversos y en las pérdidas y daños derivados del cambio climático, incluyendo por primera vez los efectos sobre la salud mental. Los datos científicos señalan que los más afectados por el cambio climático suelen ser las poblaciones más vulnerables, como los pueblos indígenas y las personas con discapacidad. Estas vulnerabilidades responden a diversos factores, como a patrones de desigualdad históricos y persistentes, entre ellos, el colonialismo y otras formas de marginación sistémica.

A veces, las pérdidas y los daños pueden medirse en términos monetarios. En Dominica, por ejemplo, el huracán María ocasionó daños que ascendieron a más de USD 1.000 millones, equivalente al 226 % del PIB del país en 2017.

Pero las pérdidas y los daños sin valor monetario también existen. Un ejemplo de lo anterior es Madagascar, donde más del 80 % de la flora y la fauna son exclusivas de la isla y no se encuentran en ningún otro lugar del mundo. Un estudio reciente (disponible en inglés) señaló que en la isla ya se han perdido más de 3 millones de años de historia evolutiva debido al cambio climático.

Otro caso es la cultura y las lenguas del Pacífico. Muchas de las 577 lenguas que sufren grave peligro de desaparición a nivel mundial pertenecen a los isleños del Pacífico. Como muchas personas de la región se ven forzadas a desplazarse por los efectos del cambio climático, millones de personas están en peligro de perder su lengua, sus conocimientos, su forma de pensar y sus modos de vida.

El alcance del concepto de pérdidas y daños no económicos sigue siendo difuso, y a menudo se lo relaciona con pérdidas económicas. Su significado varía entre países, comunidades y grupos, y por eso es importante que las comunidades locales participen en el proceso de identificar las pérdidas y los daños no económicos. También es fundamental atender estas formas no tangibles de pérdidas y daños. Por ejemplo, aunque quizás no sea posible determinar el costo de perder una lengua, se pueden elaborar programas para enseñarle las lenguas locales existentes a la siguiente generación, con miras a garantizar que no desaparezcan.

Las pérdidas y los daños también se vinculan a la justicia climática. La gravedad de los daños de origen climático está directamente relacionada con la capacidad de preparación y respuesta ante estos efectos climáticos de los países. Incluso dentro de los mismos, las comunidades vulnerables que menos han contribuido históricamente al cambio climático se ven perjudicadas de forma desproporcionada. Se prevé que el continente africano, que representa solo entre el 2 % y el 3 % de las emisiones de efecto invernadero a nivel mundial, sufra pérdidas provocadas por el clima equivalentes a USD 50.000 millones al año para 2050.

En 2022, el mundo fue testigo de los daños ocasionados por las inundaciones sin precedentes en el Pakistán. Este repentino fenómeno dejó a un tercio del país bajo el agua, afectó a 33 millones de personas, forzó a 8 millones a desplazarse y acabó con 1.700 vidas. Se calcula que las pérdidas económicas fueron de USD 30.000 millones, cifra que equivale a seis veces el gasto del programa de desarrollo del país en 2021. En otras palabras, en cuestión de semanas, las inundaciones arrasaron con los avances de un año en materia de desarrollo. Aún peor, gran parte de la ayuda financiera disponible se da a través de préstamos a gran escala que se suman a la carga de la deuda ya existente.

En Somalia, cinco estaciones húmedas consecutivas sin lluvia derivaron en una inseguridad alimentaria grave para más de 8 millones de personas, es decir, casi la mitad de los habitantes del país. Millones de personas se han visto forzadas a desplazarse por la sequía, y algunas de ellas nunca podrán volver.

Después de mucho esfuerzo, se consiguen avances en las negociaciones climáticas

Para dar respuesta a los diversos problemas asociados a este tema, hubo un largo historial de negociaciones sobre las pérdidas y los daños en reuniones climáticas internacionales en virtud de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Estas negociaciones fueron impulsadas principalmente por pequeños estados insulares y comunidades de primera línea que se negaban a aceptar el statu quo, y en el último decenio se lograron avances que requirieron mucho esfuerzo.

En 2013, se creó el Mecanismo Internacional de Varsovia para las Pérdidas y los Daños relacionados con las Repercusiones del Cambio Climático para prestar asesoramiento en materia de políticas y otros conocimientos técnicos. En 2015, el Acuerdo de París incorporó el Artículo 8, que expresa la necesidad de evitar, reducir al mínimo y afrontar las pérdidas y los daños. Y en 2019, se estableció la red de Santiago para prestar asistencia técnica a los países que la necesiten. 

La cuestión de la financiación y de cómo conseguir los fondos suficientes para dar respuesta a las pérdidas y daños ha sido central en estos intercambios. En la 26.ª Conferencia de las Partes, en 2021, los países acordaron establecer el Diálogo de Glasgow, un proceso de 3 años para deliberar sobre las disposiciones relativas a la financiación de las actividades dirigidas a evitar, reducir al mínimo y afrontar las pérdidas y los daños. Un año después, se tomó una decisión histórica en la 27.ª Conferencia de las Partes (COP27) a fin de crear nuevos mecanismos de financiación para responder a las pérdidas y a los daños, entre ellos un nuevo fondo. 

La decisión de la COP27 devino en un proceso que se encuentra en marcha para definir y hacer operacionales los mecanismos de financiación y el fondo. El proceso está dirigido por un Comité de Transición compuesto por miembros de 24 países que se reunirán a lo largo de este año para formular las recomendaciones que presentarán en la 28.ª Conferencia de las Partes en diciembre. También hay organizaciones observadoras en las reuniones del Comité, que expresan su perspectiva y ayudan a que las recomendaciones que se redacten sean inclusivas y equitativas, estén ancladas en la realidad e incorporen un enfoque basado en los derechos humanos.

El Comité cuenta con el apoyo de organismos de las Naciones Unidas, entre ellos el PNUD, y de otras instituciones, a través de asesoramiento técnico e intercambio de información. El PNUD aprovecha su amplia experiencia en el ámbito del cambio climático y de la respuesta y la recuperación tras las crisis para trabajar conjuntamente con los países y propiciar avances en materia de pérdidas y daños, con la finalidad de ayudar a las personas a vivir con dignidad.

Aunque se han logrado avances, sigue habiendo tensiones sobre el abordaje y la respuesta ante las pérdidas y los daños, así como sobre la responsabilidad histórica de los gobiernos y las industrias más contaminantes. También se siguen planteando interrogantes clave sobre la modalidad de los desembolsos, el acceso y la gobernanza, las contribuciones, los beneficiarios y el alcance del nuevo fondo.

Será fundamental que los gobiernos presten atención a los más afectados, que resuelvan estas cuestiones rápidamente a fin de que el fondo esté operativo cuanto antes, y que sean más ambiciosos en sus esfuerzos de mitigación para evitar mayores pérdidas y daños. Las decisiones que se adopten este año en la 28.ª Conferencia de las Partes, y las que se tomen en los próximos años, repercutirán sobre cuánto colabora el planeta en los avances relacionados con las pérdidas y daños, y sobre si las comunidades y los países vulnerables recibirán la asistencia que tanto necesitan.

La Coalición Juvenil de Pérdidas y Daños (LDYC, por sus siglas en inglés) exige financiación de pérdidas y daños en la COP27. Foto: Loss and Damage Collaboration
La Coalición Juvenil de Pérdidas y Daños exige financiación de pérdidas y daños en la COP27. Foto: Loss and Damage Collaboration